por Alejandro Roque González.
“He aquí sobre los montes los pies del que trae buenas nuevas, del que pregona la paz. Celebra oh Judá tus fiestas, cumple tus votos: porque nunca más pasará por ti el malvado; pereció del todo.”
(Nah 1:15)
El profeta Nahúm ejerció su ministerio alrededor de los años 630-610 a.C. En el horizonte ya se percibía que las profecías de Dios, provenientes del pueblo hebreo, serían silenciadas durante los siglos que se les avecinaban; hasta la
Venida y breve período histórico, del que traería las
Buenas Nuevas y su
Evangelio de Salvación:
Cristo Jesús.
El pueblo andaría sin
Palabra de Dios y revelaciones, vagueando de tierra en tierra, una vez que el
Mesías les revelara una condenación mayor; y el nacimiento de un pueblo gentil dispersado por toda la tierra, que digna e individualmente se encargaría con suma diligencia de hablarles al mundo sobre la justicia, redención eterna y el juicio del
Altísimo. Producto fehaciente de esto que se acercaba—en tiempos de Nahúm—era ahora vista claramente una actividad profética abarcadora que duraría por los siguientes doscientos años; seguida de un silencio que solo despertaría en plenitud al
Final de los Tiempos, con la excepción intercalada de la visita y engendro milagroso del niño Jesús.
En esos últimos dos siglos es que vemos escalonadamente, uno tras otro, esta fila de hombres de Dios coincidiendo por igual y de forma general en una misma época; como son el caso de los profetas: Sofonías, Nahúm y Jeremías; seguidos por Habacuc, Daniel, Ezequiel y Abdías; hasta después del regreso del cautiverio que duró 70 años; y en que los profetas Hageo, Zacarías, finalizando con Malaquías, cierran el periodo profético del
Antiguo Testamento, alrededor del 400 a.C. En esa fecha las revelaciones concernientes a grandes imperios y naciones cesaron, porque ya estaban dichas; incluyendo todas las concernientes al nacimiento, ministerio, resurrección y advenimientos—
Primero y
Segundo—del
Mesías prometido.
Ciegos y ocupados en sus propias andanzas, el pueblo hebreo no supo levantarse acorde a su destino, y tuvieron que transcurrir otros cuatro siglos silenciosos, hasta que
Yeshua de Nazaret, el
Hijo de Dios, fue quien se presentó divinamente: tal cual
Hijo,
Verbo y pre-existente
Sabiduría de Dios; anunciándoles su destrucción inminente como nación, hasta el
Final de los Tiempos—ahora—en que comenzarían el retorno escalonado a su tierra (tal como comenzó en el año 1948 d.C).
El profeta Nahúm, a quien analizamos aquí y de quien su nombre significa “compasivo"; profetizó en su tiempo primeramente contra la ciudad capital del Imperio Asirio Nínive, advirtiéndole a los desenfrenados ninivitas que “
las puertas de los ríos se abrirán, y el palacio será destruido” (
2:6). Esto ocurrió exactamente dos décadas más tarde cuando la crecida del río ayudó a que los babilonios vieran caer sus inmensos y desproporcionados muros, y así poder invadir la enorme ciudad, que saquearon a su antojo. El rey se encerró junto a su corte en el palacio imperial, que fue del mismo modo totalmente destruido y abrasado por el fuego.
El profeta se lo anuncia haciéndoles recordar el entonces recién dato histórico sobre la destrucción de la ciudad egipcia No-amón (antigua Tebas), que fue igualmente destruida (
3:7-10), alrededor del 663 a.C, por ellos mismos, los Asirios de Nínive; cuando el hombre de Dios estaba a punto de comenzar su ministerio profético, y a quienes ahora les anunciaba fatalmente que su destrucción vendría por igual con la misma saña que ellos ejercieron sobre los egipcios; a quienes trataron sin piedad ni misericordia, llevándolos con grilletes en cautiverio, y no sin antes asesinar violentamente a niños indefensos en sus calles y plazas. Era la habitual y conocida brutalidad Asiria mientras mostraban su fortaleza imperial sobre las naciones subyugadas.
Sin embargo, entre profecía y profecía, y sin que aquellos pudieran entenderlo, el profeta Nahúm nos revela el hecho más importante de la historia humana: El
Advenimiento Segundo del Mesías de Dios: Jesucristo; el que traería
Buenas Nuevas mientras su paz sería pregonada mundialmente.
La paz del
Señor ha sido pregonada por sus hijitos—muchas veces tomados como ignorantes y fanáticos—durante dos mil años de historia; enfrentándose a Césares y dictadores imperiales o locales, ya sea seculares o papales; y a sociedades abominables e incontenibles que los han vituperados y menospreciados a través de los siglos. Nahúm nos anuncia aquí, con peculiar vigor, las bodas del
Cordero de Dios que el apóstol san Juan ratificaría posteriormente en el Apocalipsis (
Apoc 19:7-9), y de cómo presenciaremos milagrosamente su descenso desde el cielo; porque las
Santas Escrituras nos aseguran que “
este mismo Jesús que ha sido tomado desde vosotros arriba en el cielo, así vendrá como le habéis visto ir al cielo…al cual de cierto es menester que el cielo tenga hasta los tiempos de la restauración de todas las cosas” (
Hch 1:11; 3:19-21).
Estamos en el preámbulo de ese tiempo. ¿Y tú, estás velando?
[Esta y otras profecías del Antiguo Testamento están recopiladas en el libro del autor titulado: Profetas Menores del Antiguo Testamento; impreso y electrónico]