Ciro: rey de Media y Persia.

por Alejandro Roque Glez.


“Que dice de Ciro: Es mi pastor, y cumplirá todo lo que yo quiero, en diciendo a Jerusalém, Serás edificada; y al Templo: Serás fundado. Así dice Yahweh a su ungido, a Ciro, al cual tomé yo por su mano derecha, para sujetar gentes delante de él y desatar lomos de reyes; para abrir delante de él puertas, y las puertas no se cerrarán…te llamé por tu nombre; púsete sobrenombre, aunque no me conociste”.
(Isaías 44:28; 45:1-4)

No debe haber ni sombra de dudas acerca de que el Espíritu Santo hablaba y se manifestaba a través del profeta Isaías.

Aquí Isaías, en el 720 a.C. y ciento ochenta años (180) antes que surgiera el Imperio Medo-Persa con Ciro—su rey—a la cabeza, ya lo llama por su nombre con lujo de detalles. Babilonia (625 a.C), que precedería a los Medos y Persas, no había incluso surgido todavía; y Dios a través de este profeta no solo ya nos anuncia el Imperio que le sucedería, sino también el nombre personal de su rey.

Esto ocurrió años más tarde cuando en el 538 a.C, Ciro, rey de los Persas le concedió—promulgando un decreto—el permiso y libertad a los judíos que habían sido desterrados setenta años antes por el rey Babilónico Nabucodonosor (2 Cr 36:6-23); y así pudieran regresar a su patria, reconstruir la ciudad y el Templo de Dios en Jerusalém, en torno a su vida nacional.

Se dice que el nombre de Ciro significa “sol”, entre los elamitas, de quien él era rey antes de convertirse en el fundador del Imperio Persa. Murió en batalla alrededor del 530 a.C, y se cree que su tumba es la misma que hoy se venera en Irán, en el área de Pasarga.

El profeta Isaías se jactaba frente a los idólatras y adivinadores retándoles a que pudieran predecir el futuro como él; y no porque él fuera arrogante, sino que había fehacientemente mostrado el cumplimiento de cada una de sus profecías—presentes y cercanas, confirmando con ello las futuras—que hablaban irrefutablemente por sí solas de cómo la Divinidad o Deidad se revelaba a través de sus palabras. Isaías era el profeta, quizás en toda la historia bíblica, que mejor dominaba el idioma y la escritura. En él la poesía y la prosa eran un instrumento poderoso, y posiblemente eso le ayudó, enviado por Yahweh, a las cortes de los reyes.

Cuando el profeta menciona el nombre de Ciro probablemente nadie le escuchaba. Digamos que usted proclama hoy que ciento ochenta años a partir del 2012 nacerá en la Florida un hombre llamado Disney World-II; el cual será notorio entre sus semejantes; pues bien, aquí la historia es totalmente distinta. Estamos hablando de un hombre clave dentro del Plan de Dios, ya que gracias a su decreto, los judíos reanudarían la construcción del devastado Templo de Dios en Jerusalém, el que un dia—siglos después—presenciaría la venida del Hijo de Dios Jesucristo, Redentor del género humano.

Es interesante ver cómo Dios escoge a este hombre (45:1) convirtiéndose en instrumento de salud y libertad al pueblo judío; sin embargo, él mismo: Ciro, jamás sabría esto (45:4); sencillamente creería que lo hizo todo con su gran poder e inteligencia, y quizás ello explica el por qué murió siete años más tarde; según fuentes extra bíblicas.

Igualmente ha ocurrido en diferentes épocas de la historia humana, cuando soberbios y mentecatos que han acumulado poder, influencias, y riquezas, piensan que por su gran elocuencia e inteligencia han escalado a la cima del mundo; y en realidad no han sido mas que peones y arrogantes soldadillos de traje o corbata, usados por Dios para lograr su objetivo supremo que apunta directamente hacia la futura—ya cercana—redención eterna de la humanidad.

Hoy los líderes mundiales igualmente se visten de arrogantes. Rechazan a Dios, e incluso, en Constituciones como la de la Unión Europea es prohibida esa palabra. Alrededor de esa Unión—como de otras—se agrupan diferentes organizaciones que claman ser liberales y humanísticas, pero que solo cavan apresuradamente (con algunos miembros sin imaginarlo) la tumba de sus propios atorrantes sueños mundialistas, de espaldas al Creador de los cielos y la tierra.

(Leer también el libro del autor titulado 'El gran pacificador del Infierno', donde se recrea en forma de narrativa los acontecimientos finales, ya muy cercanos).