Jeremías observando el futuro.

por Alejandro Roque Glez.


“Y díjome Yahweh: Del aquilón se soltará el mal sobre todos los moradores de la tierra. Porque he aquí que yo convoco todas las familias de los reinos del aquilón, dice Yahweh; y vendrán, y pondrá cada uno su asiento a la entrada de las puertas de Jerusalém, y junto a todos sus muros en derredor, y en todas las ciudades de Judá…Tú pues, ciñe tus lomos, y te levantarás, y le hablarás todo lo que te mandare: no temas delante de ellos, porque no te haga yo quebrantar delante de ellos…Y pelearán contra ti, mas no te vencerán; porque yo soy contigo, dice Yahweh, para librarte”
(Jer 1:14-15, 17-19)

El libro del profeta Jeremías, quien vivió entre los años 626-586 a.C, no fluye siempre escrito en orden cronológico, por lo cual veremos a veces que se salta de un período a otro. Originario de Anatot, un pueblo cercano ubicado al nordeste de Jerusalém, Jeremías fue llamado por Dios desde muy joven para traernos su Santa Palabra, con su pasión característica; incluso catalogada por algunos como el profeta del llanto, por el lloro constante al ver a su pueblo apartado del Creador y entregado a idolatrías paganas. Sus lamentaciones fueron igualmente escritas en rollos de pergaminos, y son el resultado de presenciar el debacle de su extraviada nación.

Los profetas Habacuc, Sofonías, y Nahúm coincidieron en vida en la época de Jeremías, más o menos; y el profeta Abdías tuvo su ministerio cuando estos profetas eran ya bien conocidos. El nombre de Jeremías significa “Yahweh Dios levanta” y era hijo del sacerdote Hilcías, benjaminita. Cuando Dios lo llama a su temprano ministerio, el joven le declara su inexperiencia para ejercer el discurso oral o escrito, y Adonai—el Señor—le inviste con el poder del Espíritu Santo quien lo acompaña durante su trágica experiencia; siendo igualmente burla y asombro de sus coterráneos; perseguido, amenazado a muerte y encarcelado por su sociedad y gobernantes. Siempre los que gobiernan las épocas, afanados y ocupados en sus egomanías y autosuficiencias destructivas; deploran escuchar nada de Dios, menos aún si son juicios escalofriantes.

Sean bienvenidos a la verdad de Dios.

Tal como ayer, Jerusalém—hoy—volverá a ser causa de angustias y piedra de tropiezo para las naciones de la tierra que se lancen contra ella (Zac 12:3). Es interesante ver cómo naciones árabes y musulmanes quieren reclamar a Jerusalém como parte de sus sitios históricos y religiosos dignos de ser adorados; no obstante, en el Corán que fue escrito más de 600 años después de Cristo, no hay siquiera una mención de la ciudad de Jerusalém relacionada con los musulmanes o con nadie. No existe, no hay mención de Jerusalém en el Corán, ni una vez; sin embargo—y por el contrario—en las Sagradas Escrituras, solo en el Antiguo Testamento hay 657 menciones de la ciudad de Jerusalém; y en el Nuevo Testamento hay otras también 154 citas de la ciudad santa de Jerusalém. Entonces, ¿A quién ha pertenecido Jerusalém durante 3000 años por decreto divino?

Jeremías nos profetiza aquí en este pasaje que analizamos lo que ocurriría 30 años más tarde, cuando la ciudad de Jerusalém sería quemada y destruida junto a su Templo de oración (Jer 52:4-30) bajo el reinado de Nabucodonosor rey de Babilonia, y por manos del capitán de su guardia Nabuzaradán (Jer 52:12), quien iba al mando de sus tropas (2 Ry 25:1-11).

Todo fue quemado y abrasado por el fuego, el muro de la ciudad destruido, y el pueblo de Israel transportado a un exilio que duraría 70 años (Jer 25:11-12). Este fue finalmente el cautiverio definitivo, aunque en los once años que le precedieron (2 Cr 36:5-10) hubieron dos invasiones por mano del mismo rey Babilónico, en tiempos de los reyes de Judá Joacim y Joaquim (609-598 a.C); cuando por igual fueron tomados cautivos una totalidad de más de diez mil personas (2 Ry 24:14-16).

Este último y definitivo exilio (587 a.C) que fue acompañado por la destrucción y quema de la santa ciudad de Jerusalém, trajo la ruina y larga aflicción para la nación de los judíos. Baste leer el libro del profeta Jeremías “Las Lamentaciones”, para comprender el angustiado llanto del hombre de Dios (Lm 2:11-12) mientras veía desfallecer a los niños por el hambre, viendo a los jóvenes y viejos que yacían por tierra en las calles, contemplando también a sus vírgenes y pueblo en general que habían sido muertos a cuchilladas (Lm 2:19-21). ¡Cuánta lamentación y llanto!, y todo por sus abominaciones, idolatrías (Jer 5:19) e injusticias (2 Ry 24:3-4); por la vanidad de sus líderes políticos y religiosos (Lm 2:14), y también por su maldad ilimitada y caminos inmorales de espaldas al Creador Dios y sus estatutos (Jer 5:23-31).

No nos asombre cuando vemos al mundo de hoy que se burla abiertamente ignorando al Señor. En nuestras sociedades abundan las injusticias gubernamentales, inmoralidades ciudadanas, nuestras escuelas y cortes quitan los mandamientos de Dios de sus salones, hacen inconstitucional el dia nacional dedicado a la oración, todo principio es convertido en un arsenal relativo e indefinido; es decir, acomodado a las épocas y las concupiscencias de la moda mundana que nos abraza. Tampoco os asombréis pues de las sentencias duras profetizadas contra nuestro tiempo moderno, las cuales predicen—al igual que el fuego de Jeremías—la destrucción de nuestras sociedades con fuego desde lo alto (2 Ped 3: 10, 12).

(Leer también el libro del autor titulado 'El gran pacificador del Infierno', donde se recrea en forma de narrativa los acontecimientos finales, y escritos titulados 'El profeta Ezequiel: Gog, Magog, y la Tercera Guerra Mundial'; junto a 'El profeta Daniel: los últimos Cuatro Imperios de la humanidad').